“CINCUENTA SOMBRAS DE OBRADOR”

Duele tanto cuando al final sabes cuán bajo, bajo, bajo, bajo, bajo caerá.
Baby hizo algo malo, malo, baby hizo algo malo, malo.
Baby hizo algo malo, malo, tengo ganas de llorar, tengo ganas de llorar.

Baby Did a Bad Bad Thing Chris Isaak

El mexicano es cachondo por naturaleza, lo traemos en la sangre. No importa tu edad, género, religión o clase social; el apetito sexual te ha liberado o reprimido. Pero la sexualidad no debemos leerla únicamente desde el enfoque del deseo y el placer, ésta rige nuestro órden social y desprende líneas de poder: presa y cazador o dominador y sometido. No importa qué te guste, cómo te guste, qué disfrutes y qué desees en secreto; tu sexualidad te define.

Podremos tener un mal jefe, un mal gobierno y hasta una pandemia; pero si podemos entregarnos al antiguo rito del traca-traca, vamos a donde sea. No importa la edad, la religión o el partido político al que pertenezcas. Cualquier antiAMLO podrá criticar a Morena, mentar madres de Betty y tuitear todo el día, pero si -por ejemplo- la Diputada de Nayarit, Geraldine Ponce, le da entrada, seguro apagará su celular y volteará a verla con un “Véngase mi Reina, total, todos los políticos son iguales”. ¿No?

Ya entrados en materia se abre un abanico de preferencias y fetichismos inimaginables. Como decía mi abuela: “Caras vemos, perversiones no sabemos”. Aunque catalogadas por las normas sociales como raras o enfermizas, hay parafilias que se hicieron populares por ser explotadas comercialmente en “50 Sombras de Grey”, como el sadismo y el masoquismo.

Los masoquistas relacionan placer con dolor o sufrimiento. Les excita el maltrato. Los sadistas, al contrario, experimentan placer al provocar dolor o humillación. Pero el vínculo no es exclusivo del órden sexual. Se da entre esposos, padres e hijos o jefes y subalternos. Para que subsista, debe existir alguien que se somete y acepta sufrir cual mártir, mientras que del otro lado tenemos a alguien que ataca y disfruta haciéndolo. Si no existen los 2 extremos, la relación se rompe por obvias razones.

Antes del siglo XIX, el sufrimiento estaba asociado a la expiación de la culpa, por lo que se glorificaba, como es el caso de la figua del mártir. Como explica Hugo Bleichmar, “la meta no es la búsqueda del displacer sino lograr, mediante el sufrimiento, el escapar de un sufrimiento mayor”.

Hoy en día podemos descubrir una relación sadomasoquista entre AMLO y los medios.

El presidente sale cada mañana a dar un mensaje, ya sea una idea chusca, un ataque o un autoaplauso. Y cada mañana, los medios en desaprobación, lo atacan a él, a su gobierno y hasta a su esposa. Los tuiteros inventan hashtags divertidos que rápidamente se vuelven trending topics, y los defensores de AMLO atacan, insultan y califican a cualquier opositor. La crítica a AMLO se interpreta en automático con ser prianista, chayotero, evasor de impuestos o ser hijo de una mujer de moral relajada.

Pero el presidente insiste en seguir el mismo camino: invita a abrazarse en plena pandemia, presume sus detentes para evitar el Covid, se acerca a saludar a la mamá del Chapo, espanta la inversión extranjera con consultas pedorras y tiene entre sus allegados expriístas corruptos (Bartolito) mientras que afirma que la corrupción terminó. Parecería que le gusta provocar a la prensa, a los intelectuales y a los tuiteros. “Vengan, péguenme, cállenme la boca, saquen sus datos duros”.

Y los medios se excitan. La prensa internacional descalifica las acciones del gobierno, los tuiteros, cual jauría, ladran, muerden y tuitean con rabia. El Reforma hace desplegados a 8 columnas que evidencian las mentiras del mandatario y el Proceso publica portadas incómodas. Los contenidos a favor de Amlo palidecen frente a la carga de notas que lo descalifican. Los medios lo disfrutan.  

¿Estamos frente a una relación sadomasoquista? ¿No perciben un idílio enfermizo entre AMLO y sus críticos? ¿Será que ya llevamos mucho dentro de este circo? ¿Será que los medios y el gobierno federal necesitan un “amiga, date cuenta”?

El reflejo de esta relación se asomó el viernes en la mañanera: “Cuánto les dan para atacarme, ganan por eso, entonces deberían de cooperar en algo, que sigan atacando, ¿no? Pero que de lo que les pagan…que ayuden en algo” “…ya con eso mantienen su permiso o su licencia para seguirme atacando”. Autorizó el pégame pero págame. Eso es perverso y provocador.

¿Cuál es la meta? ¿Será que mediante el sufrimiento que provoca tanta crítica y desaprobación se escapa de un sufrimiento mayor? ¿Y cuál es? ¿La falta de resultados? ¿El fracaso? ¿O simplemente una táctica para distraerlos de la agenda?

Habrá que recomendarle al mandatario el uso de una palabra de seguridad por si las cosas se ponen rudas. No sé, “Flamboyán” o “Borolas” o quizá “Covid”, bueno no, se arriesga a que le contesten “No soy médico”.

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